lunes, 7 de mayo de 2012

Ocho días en casa de mi abuela


Hace unos meses que no voy a casa de mi abuela. Así que decido ir ocho días. Me apetece verla y disfrutar de su compañía. Además, veo a parte de mis primos y mis tíos.

Como es habitual en Cantabria, el tiempo me recibe con lluvia y frío. Aunque estoy acostumbrada, espero que por lo menos un día haga sol y pueda pisar el arena y ver el mar. Los primeros días transcurren tranquilos, entre mañanas dedicadas a los recados y tardes de siesta y conversaciones en el salón (el centro neurálgico de la casa de mi abuela).

El sábado por la noche salgo con mis primos a cenar y a tomar unas copas, que en mi caso se traduce en Nestea y Trina de naranja. Lo paso muy bien y a una hora prudente, las cinco de la mañana, me retiro a la cama que me recibe con los brazos abiertos. Por supuesto, el domingo paso la mayor parte del día en la cama durmiendo, en los momentos en lo que no entran en mi habitación a preguntarme cosas que bien podrían esperar unas horas. Por la noche cenamos unas pizzas que ha comprado mi tío en un momento de generosidad, y charlamos largo tiempo como es habitual en la familia. Y de nuevo a la cama.

El lunes se produce el milagro, hace sol y una temperatura aceptable, así que parto rauda a coger el autobús que me lleva a Santillana del Mar, uno de mis lugares favoritos de Cantabria. Sólo para confirmar que los horarios de Internet se los inventan y que el transporte en Cantabria no se parece nada al de Madrid. Santillana sigue tan hermosa como siempre. Además, al no ser verano, se puede pasear tranquilamente porque no hay mucha gente. Es agradable y relajante. El monte verde, las calles de piedra y la amabilidad de la gente.

El martes luce el sol. Día único y maravilloso en Cantabria. Voy a Liencres, para mi gusto la playa más bonita de Cantabria (de entre todas las que conozco). Voy andando desde la estación de Boo a la playa, disfrutando de un paisaje maravilloso (ventajas de que el tren se vaya delante de tus narices). Me siento libre y serena. Por la tarde, voy a Comillas con mi tía (una de las muchas que tengo) y compruebo que que sigue igual de bonita, con cada piedra en su sitio. Después charla en el salón con mi abuela y otra de mis tías. Sintiendo la tranquilidad que proporcionan la compañía y la cotidianidad.

El miércoles por fin consigo que mi abuela salga a la calle a dar un paseo. Hacemos unos recados y disfrutamos de la suave brisa. Por la tarde voy a hacer las compras pertinentes: unos encargos de mis tías (entre ellos dos bolsas de las galletas de la Confitería Vega que le encantan a mi madre; nada más dárselas las ha escondido) y unos sobaos pasiegos y unas polcas para mi familia y amigos.
Y puesto que tiro mis adoradas botas de boxeador, me compro por 7,90 euros unas estupendas zapatillas de tela gris. Después visita a Santander a ver a otra de mis tías.


Me alegro de haber venido, ver la playa y la montaña y haber disfrutado de la compañía de mi familia. Y tranquila por encontrar a mi abuela lúcida y testaruda como siempre ha sido. Contando sus anécdotas y haciendo su santa voluntad, que por algo es la matriarca de la familia.

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